Spanish-language review of Paying For It

Memorias de un putañero

Periódico de Libros    |    Javier González Tapia    |    June 4, 2012

Una dedicatoria a Joe Matt y un prólogo escrito por Robert Crumb son claras señales de que Paying For It (2010), el último libro del caricaturista canadiense Chester Brown, vuelve por los terrenos del cómic autobiográfico. Al igual que en otros de sus libros anteriores, como The Playboy (1992) o I Never Liked You (1994), Paying For It tiene como protagonista al mismo Chester Brown contando sus experiencias más íntimas y personales.

El cómic autobiográfico, tal como lo empezaron a desarrollar Robert Crumb y Harvey Pekar en la década de los setentas y ochentas, para luego ser continuado por autores como Julie Doucet, David B o Joe Matt, se caracteriza porque no se limita a hacer un recuento superficial de la propia vida sino que también expone todas aquellas cosas que a cualquier persona le producirían vergüenza o que trataría de ocultar. En las historias de estos autores se cuentan hechos como haber tenido fantasías sexuales con la novia de Bugs Bunny, Honey Bunny, tener problemas gástricos que hacen que el sanitario se tape seguido, tener la manía de masturbarse alrededor de doce veces al día o, como es el caso en Paying For It, la costumbre de frecuentar prostitutas. Hay un impulso en estos autores que los lleva a revelar aspectos bastante íntimos de sus vidas por lo que, sumando el hecho de que todos ellos tienen como trasfondo una educación religiosa bastante estricta, se podría decir que más que de historias autobiográficas se tratan de historias confesionales.

La historia comienza con el final de la última relación que Chester Brown tuvo y que duró más de siete años. Si bien esta ruptura se dio en términos amistosos, Chester Brown pasaría los siguientes tres años en celibato, enfrentando una paradoja: no quería volver a tener otra relación sentimental ya que quería evitar las peleas y complicaciones de éstas, además, le parecía que era mejor ser amigo de las mujeres que quería que ser novio de ellas, pero no por ello quería dejar de tener sexo. Igualmente, consciente de sus escasas habilidades sociales, descartó la idea de tener sexo casual o one-night stands, de ahí que frecuentar prostitutas resultara siendo su mejor opción.

Las primeras incursiones en el mundo de la prostitución, sin embargo, no se dan con facilidad. Nunca habiendo contratado una prostituta, Chester Brown desconoce cuál es la mejor forma de contactar una, si es llamándola, yendo a un burdel o recogiéndola en la calle; igualmente, existe el temor de que sea arrestado por llevar a cabo esta actividad. Finalmente decide llamar a un anuncio y así se da la primera de tantas experiencias que Brown describe con honestidad y crudeza, despojado de todo sentimentalismo, pero también con precisión, llevando un inventario con fecha exacta de cada uno de los encuentros que sostiene con prostitutas.


Una característica de los dibujos en este libro es que las caras de las prostitutas son ocultadas por los globos de diálogo o por otros objetos; esto, como lo revela Brown, con el fin de proteger la identidad verdadera de estas mujeres, a quienes igualmente se les ha cambiado su nombre en la historia y se les han borrado rasgos corporales que las puedan hacer identificables. Por otra parte, la cara de Chester Brown a lo largo de toda la historia permanece igual, inexpresiva, sin revelar sentimiento alguno. Una influencia artística sería el cine de Robert Bresson, un cine despojado de todo sentimentalismo, de una gran economía expresiva. Las emociones, por lo tanto, no serían puestas por los actores o los personajes sino por los espectadores, a quienes se les presentan los hechos de forma cruda.

En su libro Brown no pretende producir lástima en el lector, no busca justificar sus acciones generando simpatía en los demás. Él expone los hechos para que el lector los juzgue por sí mismo. Sin embargo, también defiende sus puntos de vista cuando tiene que hacerlo y para ello emplea la razón, de ahí que en este libro se den varios monólogos, notas a pie de página y un largo epílogo, respondiendo a algunas preguntas y cuestionamientos que le hacen sus amigos acerca de su decisión sobre frecuentar prostitutas. ¿Es correcto acostarse con una mujer a cambio de dinero?, ¿es la prostitución una forma de explotar a las mujeres?, ¿son los puteros psicópatas o enfermos mentales?

Los argumentos con los cuales Brown responde a estas preguntas, basándose también en sus experiencias personales, resultan sólidos y alejados de todo moralismo ingenuo. En cuanto a si es correcto acostarse con alguien a cambio de dinero, la respuesta de Brown es que el amor no es la única razón por la que dos personas tienen sexo. Algunas personas se acuestan con otras por interés o por poder o simplemente por aburrimiento. Las razones por las que alguien tiene sexo con otras personas son razones personales, que no deben ser juzgadas ni penalizadas por los demás ya que cada quien tiene derecho a decidir sobre su propia vida y su propio cuerpo. De ahí que la prostitución no sea una forma de explotación, las mujeres que trabajan en esto lo hacen por elección propia. En las historias que Brown relata se puede ver que si bien él paga por sexo, esto no significa que como cliente tenga dominio total del cuerpo de estas mujeres; en esta transacción comercial hay también cierto coqueteo, las mujeres pueden proponer posiciones, pero igualmente pueden poner restricciones, pueden decirle al cliente ciertas cosas que no están dispuestas a hacer (como dar besos, hacer sexo oral o anal, etc.) y éste tiene que aceptar estas condiciones.

¿Es la persona que frecuenta prostitutas un enfermo sexual? Eso es lo que pretenden hacer creer grupos feministas y ciertos moralistas, pero la verdad es otra. Aquel que frecuenta prostitutas busca sexo, pero también compañía, alguien con quien hablar y pasar un rato. No se le puede considerar un enfermo sexual en cuanto satisface un deseo natural y en cuanto su relación con las prostitutas es una relación de consenso mutuo, que no se da por medio de la fuerza o la violencia. De ahí que sean lamentables actos como la trata de blancas, un problema que parece estar bastante presente en Canadá y que Brown, aún consciente de que esta sí es una relación que se ejerce mediante la fuerza y en contra de la propia voluntad, discute con pocos argumentos y un alto grado de ignorancia e ingenuidad.

Sin duda la discusión no puede terminar aquí, habrán otros argumentos a favor y en contra de esta práctica, sin embargo el relato de Chester Brown es un buen comienzo para tratar estos temas más allá de los prejuicios y tapujos hipócritas con los que suelen ser tratados. Es una historia cruda y sincera, en la que se muestra el punto de vista del cliente pero también se defienden los derechos de las trabajadoras sexuales. Pero, al final, esta también es una historia de amor, el cual Brown lo encuentra después de varios años y diferentes experiencias en Denise, una escort que cobra por sus servicios aún cuando entre ambos se empieza a dar una relación monógama. No será éste el amor ideal y puro del cual hablaban poetas como Dante o Petrarca, pero después de todo sí es amor.



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